No eres tú, es él.


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La mayoría de las veces que he tenido que liderar a un grupo de personas en el camino de la fe en Cristo, me he topado casi con los mismos problemas y desilusiones ministeriales; y ha sido por el simple hecho de la buscar constantemente resultados inmediatos al ministrar a alguien. Siempre estuve consiente que el proceso de discipulado es largo y costoso, sin embargo muchas veces me sentí frustrado al ver que los resultados no eran los esperados. Hace unos días atrás mi esposa atravesó por la misma desilusión, y pienso que es casi normal pero que bueno que en momentos así tenemos el mejor recurso que es acudir a la Biblia. Recuerdo que consolé y exhorté su corazón con los versículos seis y siete de 1 Corintios 3 donde Pablo nos dice:

Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.

Como es de suponerse no somos los primeros ni mucho menos lo únicos con frustraciones como estas en el ministerio de Dios, yo sé de pastores con largas trayectorias y también de pastores jóvenes que se encuentran en una situación similar.

Las desilusiones ministeriales ocurren por varios factores ajenos a su propósito.

Primero tenemos la tentación de la ATRIBUCIÓN

Al leer el versículo 6 de 1 de Corintios 3 vemos que inicia diciendo “yo” que en griego es egō de lo cual viene la palabra ego, egoísmo, egocéntrico y ególatra, que básicamente significa la valoración excesiva de la propia personalidad que lleva a una persona a creerse el centro de todas las preocupaciones y atenciones. Y este es uno de los problemas más comunes en los hombres que Dios llama a su ministerio. Casi siempre tenemos la tendencia a usar ese primer pronombre personal haciendo énfasis a lo que hacemos dentro de un ministerio, es la tendencia a atribuirnos un poco de gloria al decir “yo”. En el ministerio al que Dios llama a las personas, sea cual sea, no cabe duda que es importante y necesario y consecuentemente útil, pero no es el centro del ministerio de Dios. A veces nos toca sembrar, a veces tenemos que regar y que bueno que Dios nos use para alguna de esas cosas. Ese es el proceso de Dios y todo va bien hasta que creemos que nosotros somos el centro de todo ese proceso. Atribuirnos uno que otro crédito en el ministerio es algo muy tentador y arriesgado.

Y no precisamente es malo sentirse tentado a atribuirse glorias que no son nuestras hay algo mucho más duro.

 

Segundo tenemos el pecado de APROPIACIÓN

Y este es otro de los problemas bastante comunes, el hecho de adueñarse de los ministerios que Dios reparte para su propia gloria. He escuchado a más de alguno en alguna ocasión alardear y hacer ese énfasis exagerado al hablar de “su ministerio”. Este es “MI MINISTERIO” y Dios me lo ha dado. “Porque ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios”. Nos dice el versículo siete. La palabra de Dios nos recuerda también en Colosenses 1:16 “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él.” Dios es el único propietario del ministerio, es su plan, es su voluntad y no hay nada más terrible que ser confrontado por el celo santo de Dios. El ministerio es no es suyo, es de Dios.

Apropiarse de algo que es de Dios es arriesgado

 

Tercero tenemos la consecuencia, LA DESILUSIÓN

Recuerdo a un pastor que en todas sus predicaciones decía una frase, una frase que me quedó bien grabada y voy a recordar y aplicar durante toda mi vida ministerial: “DIOS NO COMPARTE SU GLORIA CON NADIE” La atribución y la apropiación de algo divino trae consecuencias serias a nuestras vidas. Dios decide qué hacer con las plantas de su jardín, Dios decide cuando esas semillas sembradas van a germinar, cuando van a crecer, y cuando van a dar fruto. Y es lo frustrante para todos querer resultados según el tiempo de nosotros. El crecimiento lo da Dios. Los resultados son de acuerdo a la voluntad de Dios y eso nos frustra, somos su rebaño de ovejas y él es el pastor, somos sus plantas y él es agricultor, somos su iglesia y él es la cabeza. Lamento desilusionarte pero no eres tú, es él.

 

No estemos tristes hay una solución a tus frustraciones ministeriales.

La solución, LA GLORIFICACIÓN

Pocos ministros llegan a este punto a lo largo de sus ministerios, pero con esto pretendo dar una luz para reconocer que el ministerio es de Dios y la gloria sólo es para él.

  • Dejaremos de sentirnos tristes cuando entendamos que el ministerio que desarrollamos no es nuestro sino de Dios.
  • Dejaremos de sentirnos tristes cuando entendamos que sólo somos un instrumento más en las manos de gran hacedor de todo.
  • Dejaremos de sentirnos tristes cuando veamos los frutos que Dios ha permitido producir en las personas que ministramos.
  • Dejaremos de sentirnos tristes cuando no pretendamos demostrar que nosotros cambiamos a las personas, sólo el Espíritu Santo es capaz de eso y de él es la gloria.

Ni el que siembre es algo, así tampoco el que riega. En otras palabras, nosotros no somos nada, no debemos creernos importantes ni indispensables.

No eres tú, es él. A Dios sea la gloria y la honra para siempre, amén.

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